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El más héroe de los antihéroes


 Quien lo ha visto, lo sabe. Quien no lo ha visto, también. El que vivió para ver sus hazañas se encargó de llevarlo mediante cuentos heroicos, desde lo más profundo de la cancha hasta lo más alto de los estantes de la historia, codéandose con otros inmortales cuyas hazañas poco tienen que ver con la suya. No es para menos que alguien que se encarga de evitar gritos, ahogar gargantas y enfadar corazones, haya trepado hasta ahí. Supo destacar, aún cuando los ojos de los testigos apuntaban a la otra frontera, entre un batallón de soldados que bien podrían haberlo tapado o recluído, celosos, de las historias que todavía viajan de boca en boca y alma en alma.

 Y se destacó por no conformarse con ser el mejor de su labor: Él quiso ser el mejor de esa y las demás labores que no le correspondían. Sabía muy bien que ocupaba un lugar insignificante, intrascendente, dónde todo el que había pasado sin pena ni gloria podía vanagloriarse de haber cumplido su objetivo en el mundo. Pero a éste guerrero no le alcanzaba. Creyó que podía (y debía) hacer más. Quíso ser el héroe popular y no le importó hacerse odiar por muchos en el camino. Él deseaba no sólo cuidar su fuerte, sino ayudar a los suyos a conquistar al adversario. Él deseaba no sólo tapar los huecos, sino perforar muros. Nada de excusas, nada de esquivar lo que no le correspondía. Un ser valiente y temerario. Un líder con o sin medallas. Respetado, elogiado, incluso admirado por propios y ajenos, de pasado, presente y futuro. Decían (o, mejor dicho, él mismo decía) que su boina tenía poderes mágicos y que a ella se debía su mejor versión y que al perderla los malos espíritus venían a asustarlo. Decían que a sus guantes los había tejido una araña de color negro, legendaria, que vino del otro lado del mundo a dárselos porque estaba deslumbrada por él. Decían muchas cosas de éste héroe, pero igual no alcanzaba para hacer una historia decente. Así que decidió hacerla él.

 Allá donde el Sol teje su telaraña, su red de sombras hecha con sombras de red, para atraparlo con sus oscuros hilos, él se burló con una gorra cabulera que le permitía ignorarlo con clase. Ahí donde todos los demás lucían guantes de cuero esposados a los fríos metales, él rompió las cadenas que lo retenían entre tres insignificantes postes carceleros. Allá donde al que se va lo asesinan y al que se queda también, él se fue. Salió. Se fue. Voló... Pero volvía. Siempre volvía. Porque mezcló lo que tenía que hacer en perfecto equilibrio con lo que quería hacer. Deberes y derechos juntos en un mismo hombre. Su rango le exigía "guardar" su "meta", pero nada le exigía no dejarla sola por un rato, para que lo extrañe más y se ponga feliz cuando lo veía volver. Nadie conocía su meta mejor que él. No le importó, no le molestó, no sufrió por guardarla, aunque era la más grande del mundo. Rompió moldes y en el camino rompió corazones. Con reflejos, intuición, instinto inescindible de su ser, llegó a ese árbol de tres ramas blancas y en él hizo su nido. Y en ese nido se quedó a vivir. Él, que tanto disfrutaba de volar, nunca abandonó su hogar.

 Un día llegó a esa máquina de fabricar alegrías, esa que aún ruge en la memoria hasta de aquellos que no la escucharon gruñir. Pero cuando la máquina se oxidó y tuvo que dejar las canchas para entrar en los corazones, él se quedó ahí. Se quedo tanto tiempo que se fundió en esas tierras sagradas, bellas, eternas, místicas; una parte suya se fundió en esa tierra monumental. Le tocó luchar junto a los más grandes del mundo y junto a los no tan grandes; contra amigos y enemigos. Vio el cielo y vio el infierno. Su carne todavía es carne de todos; por sus venas corre la sangre de cientos de miles. Aunque él solo sea uno.

 Y si será la vida de injusta que siempre encuentra la brecha para sangrar aún al que tiene la sangre de todos. Aunque soportó todo lo que la vida le tiraba, estoico, inamovible, impenetrable, tuvo su momento de debilidad, tal vez porque había dejado parte de su alma allá en casa. Incompleto, fue a luchar una guerra a otro continente, uno frío y antiguo, y volvió vapuleado. Y no hay nada más desgarrador que ser el que sobrevive. Fue recibido como un mal bicho, como un acróbata que trastabilló y arruinó el show más perfecto del circo, como un comodoro que estrelló la nave más poderosa de la flota, como el culpable de todos los males de la nación. De eso, no se olvidaría nunca. Él, héroe, antihéroe, el más héroe de los antihéroes... Nunca villano.

 Pero tuvo el gen que poseen sólo los antihéroes, los que son héroes de las victorias y más aún de las derrotas. Se ponen la ropa de prisionero y son llevados a la cárcel de los fracasos; con la frente en alto lo aguantan. Una cárcel donde seguramente terminen sepultados casi todos los que la pisen. Una cárcel-cementerio donde van a parar los que no cuentan su versión de los hechos en los libros de historia: Los soldados que perdieron la guerra. Pero él entró y cumplió su condena en silencio, con más fantasmas que amigos, y de alguna manera pudo salir. Y lo hizo orgulloso, y demostró que los condenados habían sido aquellos que lo encerraron: Seguía siendo un prócer, no dejó de serlo por haber perdido un combate. Y luchó en más de 500 combates. Fue el que más luchó. Y luchó en cada uno como si fuese el primero y, al mismo tiempo, el último; él, la contradicción personificada.

 Por eso, nada menos que por todo eso, el tiempo lo recordará como el mejor. Quizás de su era, quizás de todas las eras. Por eso sigue siendo el mejor. Por eso, cada vez que uno de los descendientes de quienes le dieron su sangre piensa en su nombre, lo siente más cerca aún que a los que están ahora, y se siente reunido con los que ya no están. Por eso nadie ocupará su lugar. Los héroes de los libros reviven y viven cada vez que uno los lee, más allá de que el libro se haya escrito hace siglos y sus ojas estén gastadas y rasgadas. Pero este héroe no es ficticio, este héroe es real, vivió y murió y volvió a vivir codo a codo con los mortales. Y sigue vivo, sus ojos lloran y su boca sonríe intrépidamente a pesar de las décadas que pasaron. Y cuenta la historia que va a volver, una eternidad después. Quizás para volver a irse. Como lo dicta su vida: Siempre volvía. Quizás ahora para quedarse.

 Su nombre tiene muchos sinónimos. Su nombre tiene miles de historias. Su nombre tiene infinidad de suspiros. Pero su nombre es único. Su nombre es Amadeo Raúl Carrizo.

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